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Homero Alsina Thevenet se queja del VHS

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Lo que queda por hacer

Homero Alsina Thevenet

La incertidumbre es la primera sensación que atraviesa el
nuevo cliente de un video-club. Meses después, sigue siendo su sensación más
duradera. Si ha logrado solucionar problemas técnicos de su aparato, le queda
aún por saber, en cada operación de alquiler, si la película estará en buenas
condiciones de visibilidad, si sus colores son nítidos, si los subtitulados son
legibles. Tras haber leído innumerables artículos sobre el comercio
“pirata” de los videos, y tras haberse restringido al material de los
mayores sellos de distribución, el cliente comprueba que demasiados videos parecen
copiados de un mal original, quizás de una película positiva o de una
proyección en TV. Si protesta el caso en el video-club, la más probable
respuesta es “su aparato debe estar desajustado”.

Los video-clubes tienen sus problemas, desde luego. Sufren
la competencia recíproca, los costos crecientes, la necesidad de aumentar sin
pausa su inventario, la compra forzada (por’ ‘venta en paquete”) de títulos
que hubieran preferido no tener y que después son de difícil colocación. A eso
hay que agregar aún los robos, los extravíos y los deterioros, con lo que todo
video-club termina por promulgar una lista de “bajas” para corregir
los catálogos previos.
El mayor problema del cliente es sin embargo la inoperancia
de esos mismos catálogos. Han sido organizados con un número ordinal, lo que
garantiza a cada video un sitio en las estanterías. Pero eso no impide, desde
luego, que los números correlativos mezclen películas muy distintas entre sí. A
menos que el interesado posea cierta especialización personal en cine (y eso
podría cubrir sólo a un porcentaje ínfimo de la clientela), lo probable y comprobable
es el desconcierto en el momento de elegir. Una solución parcial ha sido la
clasificación por géneros (dramas, cine bélico, musicales, infantiles,
comedias, acción, etcétera) y eso es aún mejor si conduce a listas separadas
porque quien elija cine infantil, por ejemplo, deberá examinar cuarenta títulos
posibles y no cuatrocientos. Pero aún ese sistema puede ser harto imperfecto.
Conduce por ejemplo a un catálogo local donde “Ultimo tango en París”
(Bertolucci, 1972, AVH) aparece en la planilla de “cine erótico”, probablemente
para dar razón a los censores de la época.
Los catálogos incurren habitualmente en otras deficiencias,
imputables por igual a la falta de espacio y al desconocimiento de quienes los
confeccionan:
1) Casi nunca figuran la nacionalidad y la fecha de cada
película. Ese es un dato elemental para la ubicación, como puede certificarlo
cualquier cronista cinematográfico.
2) A menudo no figura el director. En muchos de los casos se
ha escrito un nombre equivocado. Un catálogo local proclama a Alain Delon como
director de “El sol rojo” (en lugar de Terence Young) y de “A
pleno sol” (en lugar de René Clement), aunque en ambos casos Delon debió
figurar sólo como intérprete.
3) Los intérpretes están mencionados solamente por apellido,
y a menudo se equivocan en la atribución. Un catálogo local incluye la película
“Desaparecido” pero no menciona a Jack Lemmon. Allí mismo se ofrece
“Los amantes de María” sin incluir a la actriz Nastassja Kinski.
4) Los errores de ortografía son una penuria constante, sea
por mal manejo de la documentación o por las erratas en dactilografía y en los
talleres de composición. Algunos de estos tropiezos pueden ser subsanados con
la tolerancia del lector (Lizzoni por Lizzani), pero otros llevan nombres muy
distintos de los correctos.
Corresponde agregar una observación mayor. Parece necesario que los video-clubes puedan
confeccionar una nómina de ofertas que podría llamarse ” Buen Cine” o
quizás “Lista de Oro”. Serviría para que el aficionado cinematográfico
más exigente, sepa dónde están los títulos de prestigio y calidad. Ahora no lo
sabe, porque deberá leer todo un catálogo para encontrar las perlas escondidas:
“Ladri di biciclette” (de Sica, 1948, VEA), “Viñas de ira”
(John Ford, 1940, VER), “La fuente de la doncella” (Bergman, 1960,
Lucían), “El ciudadano” (Welles, 1941, VEA) y muchas otras películas
que han ingresado ya a la lista de clásicos. La confección de esa nómina es
resorte de cada video-club y de los asesores que encuentre. Nada impedirá, por
otra parte, que tal planilla reitere títulos ya inscriptos con su número en
otras hojas del mismo catálogo. Una primera medida podría ser la elección de
títulos premiados por la Academia
de Artes y Ciencias de Hollywood, por lo menos en los rubros principales. Algo
de ello se publica en estas páginas. Pero es obvio que una Lista de Oro se amplía
en cada semana con otros premios de festivales.
En Estados Unidos, los principales video-clubes han llegado
aún más lejos. Sus catálogos tienen hojas complementarias para encontrar
películas por orden alfabético de título, por intérprete o por director. Hace
algunos años, ese habría sido un trabajo de largas fatigas, pero hoy se lo hace
con una computadora. Su base necesaria será, sin embargo, que los datos
iniciales sean correctos, extremo éste que en Argentina no se ha conseguido todavía.

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